05-12-2006, 03:38 PM
Hola a todos, soy membrillo rebautizado como vikinguito, me voy unos dias de vacaciones y me encuentro con el foro cambiado. Enhorabuena y a disfrutarlo todos.
Os dejon una critica publicada en ABC del concierto del 30-11:
DAVID MORÁN
Siendo como son Enrique Bunbury y Nacho Vegas y, sobre todo, siendo como son sus respectivos seguidores, la alianza artística que les ha llevado a grabar «El tiempo de las cerezas» tenía que acabar descosiéndose por algún sitio. Ese sitio no fue otro que el escenario del Gran Teatro del Liceo, recinto que acogió la única presentación en directo de tan atípico proyecto y amplificó las diferencias que separan a dos artistas que no por compatibles han de ser complementarios. Bunbury, fulgurante ídolo del rock con proyección internacional, frente a Vegas, cantautor tóxico de carrera ascendente y audiencias minoritarias.
Esto sería lo obvio, pero hay un contraste mucho más sustancial y definitivo que tiene que ver con las virtudes de uno y otro: Bunbury, sensacional intérprete, no tiene las dotes compositivas de Nacho Vegas y a éste, extraordinario escritor de canciones, le falta el talento interpretativo del maño. Un abismo que, en Barcelona, afectó al reparto de papeles: Vegas escribió el guión, pero fue Bunbury quien dio la cara.
Fueron las canciones del asturiano, especialmente las soberbias «Días extraños», «Va a empezar a llover», «La fin» y «Secretos mentiras», las que cargaron el peso narrativo del recital. Mucho más irregulares, las de Bunbury siguen necesitando de cierto histrionismo contenido para igualar el brillo de «Puta desagradecida» y «Látex» y el inevitable empacho de tópicos de «Welcome to callejon sin salida», «En la espina dorsal del universo» y «No fue bueno, fue lo mejor».
A su manera, cada uno cumplió con su papel: Nacho Vegas estremeció con «Blanca», «En la Sed Mortal» y «El hombre que casi conoció a Michi Panero» y Bunbury proyectó su aura de intérprete atómico y expansivo con «Los restos del naufragio», «El viento a favor» y «El rescate». La banda de apoyo trataba de salvar distancias, pero un par de ensayos no le habrían venido nada mal: al teclista se le veía demasiado despistado y las coristas habrían desentonado menos en un concierto de Manolo García.
No se apreció, sin embargo, una química especial entre ellos más allá del guiño a Bambino de «Bravo» y un intercambio de papeles en «Gang Bang», canción del asturiano cantada por el maño. Sí, se alternaron en los coros y cada uno tocaba en las canciones del otro, pero el resultado fue el mismo que el de dos conciertos mezclados pero no agitados.
Tampoco ayudó demasiado que los seguidores del ex líder de Héroes del Silencio, más numerosos y mucho más gritones que los de Vegas, interpretasen el concierto como una actuación en solitario de su ídolo y exhibiesen un fervor desmesurado: sólo les faltó aplaudirle por aclararse la garganta y afinar la guitarra. Era en esos momentos cuando a Nacho Vegas se le veía fuera de lugar, desubicado y sin saber muy bien qué hacer sobre el escenario. ¿Solución? Ocupar un discreto segundo plano y entretenerse perfeccionando el noble arte de emborracharse en público a base de lingotazos cada vez más generosos de whisky.
Al final, después de casi tres horas de concierto, quedó la sensación de haber vivido un concierto muy extraño. Dos recitales en uno, brillantes por separado pero sin apenas comunicación, Una noche irrepetible y, por momentos, excepcional, pero no memorable.
Os dejon una critica publicada en ABC del concierto del 30-11:
DAVID MORÁN
Siendo como son Enrique Bunbury y Nacho Vegas y, sobre todo, siendo como son sus respectivos seguidores, la alianza artística que les ha llevado a grabar «El tiempo de las cerezas» tenía que acabar descosiéndose por algún sitio. Ese sitio no fue otro que el escenario del Gran Teatro del Liceo, recinto que acogió la única presentación en directo de tan atípico proyecto y amplificó las diferencias que separan a dos artistas que no por compatibles han de ser complementarios. Bunbury, fulgurante ídolo del rock con proyección internacional, frente a Vegas, cantautor tóxico de carrera ascendente y audiencias minoritarias.
Esto sería lo obvio, pero hay un contraste mucho más sustancial y definitivo que tiene que ver con las virtudes de uno y otro: Bunbury, sensacional intérprete, no tiene las dotes compositivas de Nacho Vegas y a éste, extraordinario escritor de canciones, le falta el talento interpretativo del maño. Un abismo que, en Barcelona, afectó al reparto de papeles: Vegas escribió el guión, pero fue Bunbury quien dio la cara.
Fueron las canciones del asturiano, especialmente las soberbias «Días extraños», «Va a empezar a llover», «La fin» y «Secretos mentiras», las que cargaron el peso narrativo del recital. Mucho más irregulares, las de Bunbury siguen necesitando de cierto histrionismo contenido para igualar el brillo de «Puta desagradecida» y «Látex» y el inevitable empacho de tópicos de «Welcome to callejon sin salida», «En la espina dorsal del universo» y «No fue bueno, fue lo mejor».
A su manera, cada uno cumplió con su papel: Nacho Vegas estremeció con «Blanca», «En la Sed Mortal» y «El hombre que casi conoció a Michi Panero» y Bunbury proyectó su aura de intérprete atómico y expansivo con «Los restos del naufragio», «El viento a favor» y «El rescate». La banda de apoyo trataba de salvar distancias, pero un par de ensayos no le habrían venido nada mal: al teclista se le veía demasiado despistado y las coristas habrían desentonado menos en un concierto de Manolo García.
No se apreció, sin embargo, una química especial entre ellos más allá del guiño a Bambino de «Bravo» y un intercambio de papeles en «Gang Bang», canción del asturiano cantada por el maño. Sí, se alternaron en los coros y cada uno tocaba en las canciones del otro, pero el resultado fue el mismo que el de dos conciertos mezclados pero no agitados.
Tampoco ayudó demasiado que los seguidores del ex líder de Héroes del Silencio, más numerosos y mucho más gritones que los de Vegas, interpretasen el concierto como una actuación en solitario de su ídolo y exhibiesen un fervor desmesurado: sólo les faltó aplaudirle por aclararse la garganta y afinar la guitarra. Era en esos momentos cuando a Nacho Vegas se le veía fuera de lugar, desubicado y sin saber muy bien qué hacer sobre el escenario. ¿Solución? Ocupar un discreto segundo plano y entretenerse perfeccionando el noble arte de emborracharse en público a base de lingotazos cada vez más generosos de whisky.
Al final, después de casi tres horas de concierto, quedó la sensación de haber vivido un concierto muy extraño. Dos recitales en uno, brillantes por separado pero sin apenas comunicación, Una noche irrepetible y, por momentos, excepcional, pero no memorable.
